sábado, 8 de septiembre de 2012

Episodio 3: De la historia de Dr. Jekyll y Mr. Hyde

En el anterior capítulo habíamos dejado nuestra historia el 19 de diciembre de 2007, a la salida de la notaría de Les Borges Blanques, con unos José y Maria Carmen felices por haber hecho una buena obra y así haber evitado que don Alfonso y su hija perdiesen su negocio. Éstos, al contrario, permanecieron serios y de mala cara, quizá temiendo que se descubriesen los documentos que habían presentado de una forma un tanto oscura a última hora. Aún así José y Maria Carmen salieron creyendo que, tal y como prometió don Alfonso, esta historia terminaría antes del 19 de marzo de 2008.

No había transcurrido ni un mes cuando don Alfonso, cual vampiro sediento que regresa a su res, vuelve a casa de José y Maria Carmen. En esta ocasión era para contarles una rocambolesca historia difícil de creer, pero que los ingenuos José y Maria Carmen tragaron como si se lo hubiese dicho la mismísima Virgen de Garabandal. Según les contó don Alfonso, Loterías del Estado (para quien no lo sepa, don Alfonso regenta también una administración de loterías) había cometido un error y le había ingresado en su cuenta una cantidad correspondiente a los beneficios de la venta de lotería que pertenecían a la otra administración de la localidad. Y que él, inocentemente, al ver todo ese dinero en su cuenta, había utilizado para suministrar tabaco a su estanco, ya que Altadis (antigua Tabacalera), por el motivo que fuese, hacía tiempo que ya no se fiaba de él y sólo le suministraba lo que podía pagar en efectivo. Así pues, les dijo que necesitaba 18.000 euros para entregarlo al propietario de la otra administración, pero que en UNO o DOS DÍAS lo devolvería. José y Maria Carmen, aunque un poco a regañadientes porque es dinero lo reservaban para ayudar a su hijo en la compra de su primera vivienda, pero plenamente convencidos de la veracidad de sus palabras gracias al trabajo de años que don Alfonso acometió sobre ellos, accedieron. Fueron al banco a retirar el dinero y se lo entregaron. "Van a ser sólo un par de días. Y quien puede dudar del que ama a Dios, ya que puede amarse siendo católico liberal, católico romano, anglicano, ortodoxo...", pensaron ellos inocentemente.

Pero pasaron dos días y dos noches, y al tercer día casualmente Maria Carmen se encontró con la hija del venerable, Iona. Le preguntó por el estado de la situación y si ya habían podido solventarlo. Pero ésta soltó una poco creíble excusa alegando que había un problema de cobros pero que en breve se zanjaría y lo devolverían. Buena alumna de un mejor maestro, porque que Maria Carmen la creyó con la misma ceguera que a su padre.

Los días fueron pasando, y como  si se tratase de la calma chicha que presagia una fuerte tormenta, lo único que recibieron de parte de don Alfonso fue silencio. Y llegó el esperado día de San José, pero el "bondadoso" don Alfonso faltó a su promesa. Aun así, José y Maria Carmen, todavía confiados, siguieron esperando y esperando a que cumpliese con su palabra. Pasó el cuarto mes... el quinto... el sexto... el séptimo... y nadie venía a decir nada. Día tras día a José le iba picando la mosca tras la oreja cada vez más, pero veía a una esposa tan encegada por la palabra de su venerable amigo, que restó callado. Hasta que un día llamó a su puerta don Alfonso con un sobre con 6.000 euros a cuenta de los 18.000. José le preguntó por el resto del dinero y por la hipoteca y don Alfonso le espetó, a modo de preludio de lo que iban a tener que oír de su boca: "Lo siento, chico, las cosas no han ido como esperaba y no te puedo dar más".
José, que quizás a menudo peca de bondad en exceso pero que de tonto no tiene un pelo, empezó a vislumbrar la verdadera realidad y le dijo que se daba cuenta de que ya no podía creer más en su palabra, que carecía de ella y que le había engañado. Pero una vez más añadió cándidamente un ofrecimiento diciéndole que si los problemas eran verdaderos, sólo habría hecho falta que hubiese venido a su casa como la primera vez y que entre todos habrían encontrado una solución. Pero don Alfonso, con una frialdad indigna del que dice ser un eclesiástico, le contestó: "Lo siento chico, no tengo dinero. Si me quieres denunciar, hazlo"
José le pregunto entonces si verdaderamente no tenía intención de devolverle el dinero, a lo cual don Alfonso respondió: "Si no te puedo pagar, te tendrás que j*der (pido disculpas por el mal vocablo utilizado pero la expresión en catalán fue: "t'hauràs de fer fotre" y esa es la traducción literal).
Tras estas palabras, don Alfonso se dio la vuelta y se marcho de casa de José y Maria Carmen.

Había pasado ya un año desde la fatídica firma pero don Alfonso seguía sin cumplir con su promesa. Las pocas palabras que intercambiaban eran cuando en mitad de la calle le preguntaban por la situación. La respuesta era reiterante: que pronto se arreglaría. Pero la verdad era que todo seguía igual y la moral de José y Maria Carmen iba desvaneciéndose día a día.

Hasta que un día reciben una llamada informándoles que don Alfonso llevaba ya tiempo sin cumplir con sus obligaciones en los pagos al banco y que su expediente había sido puesto sobre la mesa para que, si la cosa seguía como hasta ahora, se iniciasen los procedimientos necesarios para reclamar la deuda. Ante esta grave advertencia de que las cosas no iban como debían, José y Maria Carmen fueron a visitar a don Alfonso para solicitarle una explicación convincente. Éste, con mucha frialdad y mano izquierda, les volvió a pedir paciencia prometiéndoles solucionarlo cuanto antes. Y volvieron a caer en el mismo error y creyeron su palabra. Pero una vez se hubieron ido sus incautos avalistas, don Alfonso se dirigió, como si fuese la Hidra de Lerna, a una oficina del Banco Santander de la que José y Maria Carmen son clientes, increpando e insultando a sus inocentes empleados sólo porque don Alfonso creía que de allí provenía la fuente de José y Maria Carmen, acusándolos injustamente de revelar secretos bancarios cuando éstos desconocían lo sucedido y eran absolutamente inocentes.

Se acercaba la Navidad de 2008 y un día José se encuentra con don Alfonso y le pregunta si cobraría pronto, a lo que don Alfonso, con un cinismo ejemplar, le respondió que no llegarían los Reyes sin haber abierto cava para celebrar que todo estaba arreglado. Qué duda cabe que esas botellas de cava siguen sin abrirse.

Así que un día, José, ya cansado de oír mentira tras mentira y sin el apoyo de su esposa, que todavía creía en la palabra de este que dice ser "ministro de Diós", decide ir a visitar a don Alfonso para que, ya que no cumple con su palabra, firme un documento de reconocimiento de la deuda en el que se comprometa por escrito a resolver la situación estableciendo una fecha límite para ello. Tras mucha insistencia y aguantando innumerables descaros además de un trato agresivo y descortés, característica cada vez más habitual en don Alfonso, éste accede a firmar este documento particular que muestro a continuación:




Ruego a los lectores que se fijen en un detalle MUY IMPORTANTE: a 14 de enero de 2009, más de un año después, José y Maria Carmen, que por supuesto todavía no disponen de copia de lo que han firmado pese a haber pactado verbalmente con don Alfonso que éste les entregaría toda la documentación que les incumbía, siguen creyendo que la tasación de su inmueble se valoró en 60.000 euros tal y como figura en el documento, y que el "misericordioso" don Alfonso no duda en firmar sin rectificar, pese a que él tiene pleno conocimiento de la tasación que entregó al notario, muy diferente a la que mostró en su día a los incautos José y Maria Carmen. Otra clara muestra de cómo este Arzobispo se muestra hacia quien le puede aportar bienes más terrenales que celestiales.

Fue a mediados de febrero de 2009, un año y dos meses después de la firma, cuando José empezó a darse cuenta de que todavía no conocía lo que había firmado, por lo que reclamó a don Alfonso la copia de la escritura. Y es que por algún oscuro motivo no la había podido leer en su momento por las prisas que le dieron en la notaría pero que hasta entonces no había considerado necesario debido a la confianza depositada en su don Alfonso. Por lo que cogió de la mano a su esposa y ambos se dirigieron al estanco. Don Alfonso les hizo pasar al pequeño despacho que tenía en la rebotica de la administración de loterías con la que comparte local. Al pedirle la escritura, pese a haber firmado el documento anterior, don Alfonso les espetó: "No me da la gana de darosla. No os la daré por simplemente no quiero. Y ya os podéis largar". Ante la negativa a abandonar el lugar hasta que les entregase lo que por ley tenían derecho y habían acordado previamente, don Alfonso les amenazó insolentemente con llamar a la Guardia Urbana para desalojarlos por la fuerza. Y así lo hizo, levantó el teléfono y friamente solicitó su presencia. José y Maria Carmen, ante esa amenaza firme, decidieron esperar a los agentes en la zona pública de la administración de loterías para poder así exponer el motivo de tan vil llamada, porque temían, y así fue, que don Alfonso haría lo imposible para no permitirles hablar. Durante esos minutos de espera y mientras declaraban ante los agentes, don Alfonso, en lugar de dejar apaciguar el fuego que él mismo había encendido, no tuvo suficiente, y como el verdugo que goza removiendo el dedo dentro de la llaga, no ahorró en descalificaciones e insultos, especialmente contra José, otorgándole un trato que nunca en sus por aquel entonces 63 años de vida había recibido de nadie.

Tras este vergonzoso incidente, José y Maria Carmen decidieron dirigirse al notario de Les Borges Blanques y solicitar copia de la consabida escritura, en la que se encontraron muchas, demasiadas, sorpresas que les eran totalmente desconocidas.

FIN DEL TERCER CAPÍTULO.